Taller fotográfico para ciegos y disminuidos visuales

Nah, ¿en serio? ¿Un ciego sacando fotos? Pero pará, ¿con una cámara común? Mirá que loco, ver para creer.

No, no. Creer para ver. Así se llama el taller de fotografía para ciegos y disminuidos audiovisuales que funciona en el Centro Luis Braille desde hace cuatro años de la mano y el ojo de Juan Alecsovich.

“Una cosa es aprender a sacar fotos de chico como me pasó a mi, pero otra es sacar desde cero y siendo ciego. Acá un día vino un loco a decir que nos quería enseñar a sacar fotos, ¡una locura!”, dice Juan, uno de los chicos del taller. Hace cuatro años, 17 chicos personas empezaron el taller, de Bahía Blanca y de la zona, y todos se prendieron desde el primer día y siguieron hasta el final. “El no lo tuve siempre, ahora me animo al sí”, dice Sergio, otro de los fotógrafos.

Están todos alrededor de una mesa con sus cámaras, sus bastones blancos o verdes y su alegría. “¡No veo la hora de que sea miércoles!”, cuentan, “Este taller es re lindo, nos llevamos todos re bien. Estamos tan enganchados con sacar fotos, yo a donde voy llevo la cámara. A veces pido permiso para sacarle a la gente, pero otras trato de que no se den cuenta.”, rescata Graciela.

“Quién hubiese creído que un ciego podía sacar fotos. En algún momento los planetas se alinean y todo sale solo. Lo más importante del taller es que ustedes crean que lo pueden hacer”, les dice Gustavo Ciancio, un fotógrafo profesional que los acompaña en su trabajo.

“En fotografía lo que es difícil es pensar la imágen. Lo bueno de este grupo es que de lo que aparentemente es una discapacidad, lo transforman en virtud. Si ustedes no tienen la foto en la cabeza, no pueden ternerla en la cámara. Ustedes tienen un gran beneficio: sacan las fotos desde la emoción. Al no ver el entorno lo crean antes dentro de suyo y luego lo plasman”, reflexiona Gustavo.

“El otro día saqué fotos a chicos que jugaban al fútbol, ¡saqué 37 fotos! Capás que ninguna sirve, pero saqué 37”, cuenta orgullosa Iris. “Teniendo vista nunca me interesó sacar fotos, habré sacado menos de diez, pero ahora que no veo me encanta”. Extraño pero real, muchos de los que participan del taller han nacido sin problemas visuales y han tenido oportunidad de sacar fotos durante muchos años de su vida, en cambio ahora, tomaron la fotografía como una nueva forma de ver el mundo.

Tienen un entusiasmo pocas veces visto. Una autoestima fortalecida a base de increíbles cuotas de fe. Alguien creyó en ellos y ellos creen en sí mismos. Y a partir de eso, ven.”Tal vez, si no nos hubiese pasado esto estaríamos trabajando en una oficina, y hoy estamos sacando fotos. Y aunque nosotros vemos menos, la cámara ve más”, reflexiona María Inés.

“El otro día me enteré que un ciego de acá de Bahía fue a ver los Juegos Olímpicos y me imagino que más de uno se preguntó a qué fue si no puede ver nada, y yo creo que fue a sentir”, dice Graciela, quien hoy dedica largas horas de su día sacando fotos a su nieta o a gente que vive en la calle, aunque de chica -quién lo hubiera dicho-, le hubiese gustado ser actríz de radionovela. Hoy fotógrafa.

Hoy viernes 24, los chicos del taller presentarán una muestra en el Centro Luis Braille, y al mismo tiempo, harán una cata de vinos a ciegas abierta al público. La muestra será curada por Gustavo Ciancio. En la última reunión de los miércoles, uno de los chicos del taller, le preguntó: “Cuando te enteraste de este grupo, ¿qué pensaste?”. “Juan me contó que dirigía un taller para ciegos y disminuídos visuales y eso me pegó un martillo en la cabeza. Me fascinó desde el principio.”

Aunque no ven, la tienen re clara: “Acá no nos tratan distinto por ser ciegos, si sale bien la foto nos lo dicen y las cosas que hay que mejorar también”.

Como parte de la curaduría, Gustavo les describe las fotos que ellos mismos sacaron y seán presentadas en la muestra. Todos los presentes, videntes o no, escuchan con atención, sólo él mira las fotos. Los demás, imaginan.

“En esta foto veo limones brillantes, en un primerísimo primer plano, sobre un repasador. Acá hay otra en la que aparecen fotos de familias colgadas de una pared amarillenta. Están contentos. Hay una nena chiquita en una foto y en otra ya está más grande. Esta otra foto es de un santuario en la ruta…”, explica. Sergio, el autor de la imágen, interrumpe: “¿No tiene árboles de fondo? ” No, uno solo salió capturado”. “¿Y las vías del tren, se ven?” “No, tampoco salieron”. Pero él las ve, aunque no estén. Porque estuvo ahí y recorrió el lugar, y vio lo que nadie ve.

Para un ciego la posición de la cámara, las cuestiones técnicas y las distancias, pasan a un segundo plano. Si bien lo aprenden, ellos se dejan guiar por su instinto sensible, ese que tienen más desarrollado por la falta de la vista. Juan cuenta la experencia de sacarle fotos a un caballo, como algo extraordinario, (porque lo fue).

“El profe me llevó a sacarle fotos a un caballo. Primero lo acaricié, recorrí todo su cuerpo, lo peiné, me concentré en sentirlo con mis manos. Después, cámara en mano, empecé a escucharlo con atención. Escuché como comía pasto, como respiraba, y el oído me ayudaba a seguirlo de cerca, fue increíble”.

Gustavo, continúa con la descripción: “Otra foto muestra un autoretrato. El que saca la foto se está cortando el pelo. En lugar de su cara hay una gran mancha de luz, producto del flash que rebota sobre el espejo. Tanto como el profe como yo coincidimos que es la luz que emana de su interior”, dice mientras Juan, el autor, se emociona y dice “¡ustedes son poetas!”.

“¿Viste toda la luz que puede salir de un ciego? Es un fotógrafo con cara de flash”, dice el profesor Juan. “Esta foto me aflojó las medias”, dice Gustavo.

Sergio, Juan, María Inés, Graciela, Iris, Graciela, Beatríz. Y hay más, muchos más.

La experiencia es única. Estar en sus zapatos y ellos en los nuestros. Cerrar los ojos para ver algo más sutil, más secreto, que como diría el Principito, es invisible a los ojos.

Nota extraída de i-cultural

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